Ya sé quién soy

Quién no ha querido alguna vez en su vida convertirse en alguein especial, alguien con una luz diferente y singular, única y maravillosa. Quién no ha deseado ser mágico y, asimismo, poder crear magia en su vida, derrochando alegría, buen humor, positividad, creatividad, ingenio, gracia, inventiva y todas esas capacidades propias de "dioses y diosas" que la mitología nos ha legado a través de sus fuentes orales y escritas. Se nos han narrado las gestas de seres especiales, privilegiados de la diosa fortuna, tocados por la varita mágica de la fama, amamantados por la diosa más excelsa que los dotó de una fuerza, un valor y una inteligencia con aromas de genialidad. Hemos leído acerca de seres que fueron capaces de realizar milagros, de hallar su particular piedra filosofal de su vida. Sabemos por lo que otros han narrado en sus libros, papiros _o leyendas transmitidas oralmente de generación en generación_, que en toda época de la humanidad han existido seres únicos, capaces de logros fuera del alcance del común de los mortales. Dichos seres accedieron a conocimientos o dones reservados para unos pocos _comparado con la cantidad de gente que puebla y ha poblado el mundo, dado que numéricamente han representado un porcentaje menor respecto de la totalidad_, ya fuesen los relativos a la pintura, la escultura, a la victoria en las guerras, la invención de determinado artefacto que pondría a la humanidad en un estadio diferente y más avanzado, el hallazgo de cierta sustancia que posibilitaría el acercamiento a ciertos niveles impensables para generaciones anteriores. O, simplemente, la superación de ciertos obstáculos vitales como la curación de una enfermedad; la persistencia en alcanzar un objetivo fijado mientra que otros abandonan la lucha; el haberse atrevido a intentar algo que otros ni tan siquiera se atrevieron a pensar que podrían hacer o querrían hacer; o la construcción de una meta que requería grandes dosis de fe en uno mismo, valor, coraje, constancia y resistencia. Asimismo se nos antojan privilegiados, benditos de la suerte, o, sencillamente ..."raros" (recuérdese que el significado menos usual de este vocablo es "único, diferente, especial..." (siempre recordaré esa noche de primavera en la que me lo dijiste...)), todos aquellos que osan vivir la vida a su aire, rigiéndose tan sólo por su ética personal y por "normas" de diseño propio, sin reparar en lo que les dice la sociedad que tienen que hacer o pensar, siendo sabios en una tierra de esclavos emocionales que no osan rebelarse contra el statu quo imperante. Los libres de espíritu siempre han suscitado admiración y envidia, cuano no celos o rencor, por demostrar que "si uno quiere, puede". Por consiguiente, los demás también pueden logar lomismo que esos seres "especiales"; bastaría con inspirarse en ellos, activar recursos (capacidades, habilidades), y desarrollar una estrategia apropiada para lograr la libertad, convirtiéndose así en libertos en una tierra donde la concesión de la libertad del alma está exclusivamente en manos de uno mismo.
A los seres privilegiados, la humanidad y su historia suele referirse con epítetos tales como "genios", "héroes", "dioses", "diosas", "ángeles" y ... "hadas", entre otros.
Siempre quise ser un hada, pero me parecía algo imposible, una quimera.

¿Es que ya nadie cree en las hadas?_ me preguntaba. Desde niña, me encantaba ir con mi padre a buscar níscalos y setas porque, aunque siempre venía con la cesta vacía


Han sido dos años de dolor, llanto, enfermedades, desesperación, búsqueda, de soledad, trabajo, mucho trabajo restándolas de sueño, de poder vivir, leyendo, escribiendo, reflexionando, de más llanto, de complicaciones en mi salud física que me recomendaban abandonar esta autoexploración, ese peregrinaje (viene a mi memoria el día de marzo del año pasado cuando mi médica de cabecera me dió la baja y me recomendó el ingreso en una clínica. Y mi respuesta: romper los papeles delante de ella. Cuando salí de la consulta noté que algo empezaba a brotar de mis omóplatos), de estar al borde de un precipicio que anunciaba mi muerte...

Ha debido ser por la complejidad de mi persona que he sabido antes cual era mi misión, en saber de mis poderes, la puesta en práctica de mis recursos, en reconocer mis sueños, encontrar mi valentía y mi fuerza, captar mi esencia, en ir encontrando a mis 21 acompañantes para festejar lo que significa la vida, potenciar mi creatividad, magia y espíritu... que en saber quién era.

Fue hace quince días, en una madrugada dolorosa cuando llorando, `te increpé´, te solté algo que me negaba a reconocer y verbalizar. Todo lo doloroso cuesta pronunciarlo.
Dignidad.
Fue dignidad lo que te pedí. No lo interpretes como orgullo o resentimiento. No por favor!!.
Dignidad y orgullo no son lo mismo. El orgullo se alimenta del miedo, la dignidad lo hace del amor que se nutre del respeto a uno mismo.
He pasado dos semanas muy malas, con mucho miedo, y ahogándome por muchas cosas; pero principalmente porque me veía muy cerca de un estadio que ya conocía. Nadaba con todas mis fuerzas pero sentía como me hundía, cómo la corriente me arrastraba. Hasta que el martes no me escribiste creí ... que la vida se me iba. Pero no era por ti, bueno sí, _pero una parte muy pequeña_ era por mí. Era porque la `primera vez´ que lo dices, que `te lo dices´ ... supongo que sorprende, te remueve por dentro, te marca, se te graba en el corazón y en el alma. Anoche pude entenderlo y dormir. Lo que te estaba pidiendo esa noche en esa esquina es dignidad, porque eres importante para mí, porque yo ya me respeto, me siento digna, siento en lo más profundo de mi ser que no existe razón alguna por la cual deba agachar la cabeza ante nadie y permitir que persona alguna pueda erigirse en verdugo de mi vida (ni física ni psicológicamente y menos niñat@s de 20 años), me siento orgullosa de mí misma, me siento valiente y muy fuerte, me considero inteligente, una mujer maravillosa y misteriosa, me siento reina de mi espacio vital y ... me quiero. Han sido dos semanas donde me he sentido `mendiga´, pero ayer comprendí que la dignidad no deja espacio a la mendicidad. Nadie que se respete a sí mismo mendiga nada, pues sabe que todo existe ya en su alma.

Dignidad para saber callar a tiempo.
Dignidad para saber hablar usando las palabras apropiadas y fomentando el respeto del alma.
Dignidad para saber cuándo es tiempo de siembra y cuándo de recogida y celebración.
Dignidad para saber estar a solas, en compañía de la soledad del alma, y no mendigar compañía ingrata que envenena el corazón (no es por ti!).
Dignidad para saber amar a quien se merece el regalo de nuestro amor.
Dignidad para asumir el compromiso de la intimidad.
Dignidad para irnos de la vida de quien no nos ama ni nunca nos amará.
Dignidad para expulsar de nuestro castillo o parque de atracciones a aquell@s que lo ponen todo perdido y patas arriba.
Dignidad para atrevernos a levantarnos y volver a empezar cuantas veces sea necesario.
Dignidad para comprender que es tiempo de introspección y de alargar la mano buscando una mano amiga que nos ayude.
Dignidad para llevar con orgullo las heridas de guerra, las heridas del alma.
Dignidad para ofrecerle al mundo nuestra riqueza y belleza interiores, y no sentir vergüenza por la `pobreza´ exterior.
Dignidad para sabernos princesas y príncipes en un mundo materialista, que lo es excepto cuando no lo es...
Dignidad para decir `no´ a todo trato desvengajoso para nuestro corazón, alma, intelecto, bolsillo o espíritu...
Dignidad para amar a quien nos plazca independientemente de su cuenta corriente, su trabajo, raza, idioma, o demás nimiedades incluso... el que no nos ame...
Dignidad para aceptar sólo a quien nos ame con... dignidad.

Ya sé quien soy, tras una conversación en una esquina _como nos gusta_ en la que más parecía por mi parte una pelea con reproches. Pedía ... dignidad.


Ya sé quien soy, y, lo siento Señora, no soy un duende.


Soy ... un hada. Y siempre lo he sido.



(continuará...)

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