Cómo pedirle al tiempo que desande los pasos...

La huida no fue tan romántica como en una película.
Necesitaba hacerlo, alejarme de todo, no podía más. Por una vez fuí valiente. Dos tonos, era la señal para decir que vuelvo a casa. Dejé sonar un tercero ¿Dime?, fue la pregunta. "Me quedo el fin de semana" espeté con firmeza. Ninguna explicación para evitar la preocupación que siempre va implícita a una madre.
Las fechas ayudaron.
Si lo que necesitaba era tomar cierta distancia, ordenar mi cabeza y aliviar mi dolor no tendría que dar explicaciones. Si el viaje que emprendía era una huída sin retorno, entonces tendría que mentir. En estos momentos no me preocupaba hurdir una trama.
Vacié el bolso e introduje en su interior ropa mucho más práctica. En la mochila el cuaderno que registra en la actualidad mis pensamientos, este texto. Abrí el cajón praa buscar el anterior pero antes de introducir la mano derecha en él, la otra lo cerró violentamente. Equipaje liviano y sin piedras que pudieran ser un lastre la posible huida. Del estante que alberga la música imprescindible, rescaté 3 cds y el resto lo clasifiqué cuidadosamente. Dos de ellos son en inglés y aún hoy ignoro la traducción de muchos fragmentos pero yo he ido aportando la mía propia con la ayuda de sentimientos, pedacitos de mi vida. El otro es en castellano. Quizá el disco que más me ha cautivado desde que un amigo me lo regaló. Me acompaña con frecuencia, cuidadosamente protegido para no dañar la voz de su autora. Me da seguridad, me protege, me da fuerza ... Yo soy así.
Me dió tiempo a cenar algo y bajar la basura. En el ascenso hasta el piso me invadió una cierta sensación de último paseo, la misma que se apodera de ti cuando haces una mudanza y subes a por la última caja.
Revisé la cocina y el baño. Una ojeada al interior del bolso ya mis cosas. Una foto de la corchera fué lo último que introduje. Quería un equipaje ligero. Cerré la bolsa y la mochila y los bajé al suelo. Estiré la colcha con la mano para que ninguna arruga perturbara la horizontalidad de la cama. Cargué los bultos y salí de mi habitación. Una última mirada y la seguridad plena que no me faltaba nada. Seguridad. Me costó reconocer esta sensación porque no había podido saborearla con anterioridad. Crucé la puerta de salida y ya fuera, respiré profundamente. Habían sido muchos años allí. Inmediatamente después noté como mi sangre se tornaba menos densa y fluía por mi cuerpo. Cerré la puerta con las dos llaves y como un efectivo antídoto para el más mortífero veneno empecé a sentir ...¡Alivio!. Ningún otro pensamiento, di de baja a mi memoria. Ya adquiriría otra en el destino.

Decidí bajarme en la estación de tren. No sé por qué.

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