Viernes extraño en Madrid. Ya iba yo rara, un poco más de lo habitual y con un solo lema: improvisar! . Los planes no eran quedarnos tres, sino cuatro … Muy a gusto por compartir noche de fiesta con dos personas que quiero mucho pero en muchas ocasiones icómoda, fuera de lugar en otras, feliz pero por momentos decepcionada, desinhibida pero a la vez coartada, de fiesta y con mi cabeza en funcionamiento, dándome cuenta de muchas cosas…. los interruptores tienen únicamente dos posiciones: encendido y apagado, no tienen término medio. No puedo precisar a qué hora exactamente, puse en posición OFF, uno que estaba encendido… Ahora esa luz que emanaba está extinguida, …. no se hasta cuándo …
Sábado: Quería ira ver una exposición y la nueva ampliación del Reina Sofía, pero tras dejar la bolsa en consigna voy a GraphicBook y en busca de una librería en la que entré ayer cerca del Hostal donde me alojé. En ésta última recibo una llamada y me preguntan si he regresado ya. Me invitan a tomar algo más que una cerveza esta noche. Dudo unos instantes y rechazo la propuesta, la postergo para el domingo. Me acelero. Me precipito y decido regresar a casa para preparar las tareas de la semana y poder tomar esa cerveza mañana. Vuelvo a tomar la línea 5 de Metro que ya me resulta familiar. En Pacífico, un trasbordo para coger la 6 para que me deje en la estación de autobuses. En el andén en una inspección general veo una cara familiar. ¡¿Eres tú?! … la noche anterior me equivoqué en un par de ocasiones y me acerqué a comprobarlo. Cuando estaba a un par de metros, tu mirada me encontró y ante la sorpresa me recibiste con una gran sonrisa, esa tuya.
Dos besos y en ambos, una voz ronca. “¿También has estado de fiesta anoche?” me interrogas tras las iniciales preguntas de rigor en estos casos. Negarlo era absurdo. Compartimos visita por la mañana pero no así, zona de marcha en la noche.
Tenemos que esperar hasta las 4.30 para coger el bus y, mientras, nos ponemos al día de este tiempo sin contacto. Como en otras conversaciones con amigos, no encontramos una razón justificable a este comportamiento moderno que nos aleja de las personas que han sido importantes en una determinada etapa de nuestras vidas. En nuestro caso, localizamos el foco del desencuentro: un absurdo malentendido que a ninguno nos afectaba. Te vuelves inquieto, no te atreves a decirme que te acompañe fuera para fumar, y cuando por megafonía advierten que está prohibido, te sugiero bajar abajo que sí está permitido. Me lo agradeces con una media sonrisa socarrona y tierna que envuelve un gracias.
Recuerdos, fragmentos de las nuevas vidas, preguntas, respuestas, conversación llena de guiños al pasado, referencia a cuando nos encontramos hace unos meses. Me dices que estoy guapísima (término que va ineludiblemente unido a ti y que utilizas para decir aquello que te gusta, lo que es bonito, lo interesante, … vamos un cajón desastre con la etiqueta de elogio). Como cortesía te doy las gracias y no le doy más importancia ante la ambigüedad de su significado para ti. No hubiera apostillado nada, pero tú insistes e intentas darme una explicación por el piropo: “… sí, el pelo más corto, tu sonrisa, no se todo… Estás más guapa que hace un par de años”. Vuelvo a darte las gracias de nuevo.
Cosas de nuestros trabajos, sueños olvidados por el camino, más evocaciones al pasado, deseos futuros y promesas de llamarnos de vez en cuando para quedar en el último minuto antes de despedirnos…. la misma sensación que cuando compartíamos asiento en la parte de atrás de un coche ajeno.
Apenas tengo tiempo para deshacer la maleta, quedo con una amiga para verla un ratito antes de entrar a trabajar y recibo la primera sorpresa: me llamas. Me invitas a tomar una cerveza esta noche. Desoigo a mi conciencia que me dice que no puedo porque tengo las tareas de la semana pendientes y olvido que mañana también tengo vida social. Regreso, me enfundo los vaqueros que ayer estrené en Madrid y me maquillo. Cuando estoy dispuesta me miro al espejo y me quito la ropa para ponerme el vestido del que me enamoré al pasar por una pequeña tienda en
Subes y como es costumbre en mí dejo la puerta abierta mientras yo en la habitación cierro la mochila. “Adelante, que te enseño la casa!”, grito cuando oigo tus pasos. Apenas has cerrado la puerta salgo por la de mi habitación y nos encontramos de frente. Te quedas sorprendido ante mi indumentaria: “Vaya!!!... estás guapísima!”, dices titubeando. Esta vez tus palabras no tenían otra posible acepción. “Gracias”, acerté a responderte mientras intentaba controlar la reacción que tiene mi cuerpo en estos casos: un temblor evidente y notorio. Como suele ser costumbre intentas explicar algo, … no se qué, … el precio, … dónde lo adquiriste…. “Me lo compré en Madrid, ayer”.
“No te había visto nunca con vestido. Es guapísimo”. Si hubieras dicho otra cosa, no hubieras sido tú. Esta conversación me hubiera descolocado en boca de cualquier chico pero en él, resultaba un elogio sincero y una certeza, que tras nuestra charla de hace unas horas donde recuperamos el tiempo sin contacto, todo volvía a ser igual que antes: amistad, confianza y ciertos apuntes.
Cambio de planes de nuevo y decidimos ir a una zona más tranquila: cervezas, risas (siempre me gustó tu sonrisa abierta, franca, espontánea, sonora y nada molesta, muy agradable como un trocito de una canción), una copa a medias, discrepancias y peleas, personas a las que hemos amado y ahora sólo queremos, otra cerveza, confesiones del pasado que cada uno intuía pero no se pronunciaron en alto, otra copa, el tiempo pasa demasiado deprisa, reminiscencias de los ratos vividos en compañía del grupo, y mi conciencia ahogada en el alcohol de una última cerveza … Es tarde y deberíamos intentar localizar el coche aparcado al lado del río. Lo que es una búsqueda se convierte en un paseo con la luna ¿creciente o menguante? … no se, da igual, allá arriba. Nos sentamos en la zona de recreo de un parque infantil. Más conversación inconexa por mi parte, más risas por las dos, me siento relajada, disfruto de tu compañía y siento, _sin temor a equivocarme_ que él también, no tengo que medir mis palabras, estoy locuaz y parlanchina, cosa que no sucede cuando me siento incómoda, cuando no dejan de reprocharme mi conducta, cuando mi interlocutor espera pacientemente a que yo termine de hablar para empezar él, cuando tengo la sensación de que todo lo que digo y hago está mal, cuando… cuando no estoy borracha!!, todo hay que decirlo.
Sin tapujos le confieso que está mucho más guapo con el pelo un poco más corto y le pido que se lo arregle, ¡Por favor!. Le elogio con palabras que no son nuevas, pues se las he dicho en otras ocasiones: alabo su generosidad, reconozco sus palabras de admiración cuando compartíamos horas de aprendiz de oficio, le agradezco sus palabras de afecto en momentos de bajón. Le digo que hoy todo es igual a hace años, que tengo la dulce sensación que nada ha cambiado. Él me responde que yo si que he cambiado. Abandono el tono intrascendente y liviano para dar una respuesta: es más una transformación interior como consecuencia de que en los últimos meses he vivido, he disfrutado de la vida, he olvidado, me atrevo a hacer cosas que hace un par de años no me hubiera atrevido, se han producido cambios en mi vida, han entrado personas con sabia nueva que me han enseñado mucho y a quienes debo tanto. Nombro a algunos de los responsables, pues están siempre presentes en mi corazón. Cito también a aquellas personas que he debido olvidar, a quien tengo presente cada día pero en otros términos. No interrumpe mi largo monólogo, pero al finalizar me dice con firmeza: “Ya se ve que te atreves a hacer cosas que antes no harías, como vestirte de princesa!!!. Bueno aunque siempre has tenido algunos ramalazos y propuestas indecentes que … eran poco propias de una persona tímida”. Y cierra su sentencia con otra sonrisa. Yo me he quedado en lo de princesa. Princesa, ¿yo?. Pienso que es producto del alcohol.
No se si es que ha bajado la temperatura o que yo me he descompuesto interiormente pero empiezo a tener mucho frío y mis dientes castañean. “¡Venga, vamos que estás helada!”, me dice con una orden. “¡No!”, le respondo con un tono inaudible. Toda una novedad confirmada, me conocía más de lo que yo pensaba: me sienta delante de él y me abraza. Ya no tengo frío, pero sigo temblando, quizá intuyendo lo que vendría inmediatamente después.
“Contigo, tengo la sensación de que me enamoro de ti … momentáneamente. Hoy y … hubo días en los que te veía y sentía que estaba enamorado de ti, que duraba mientras estábamos juntos o con el grupo, pero que … desaparecía en el mismo momento que nos alejábamos”. Enamorarse momentáneamente. Ese término … ¿qué significa?. No soy capaz de dar respuesta y permanezco en silencio, ese del que tanto huyo y reprocho. Me besa tiernamente en el cuello. Intento dar mi punto de vista a este nuevo vocablo, pero me cuesta pensar, necesito ordenar media docena de frases antes de pronunciarlas porque por la situación y en la condición que me encuentro, voy a tartamudear mucho. Me acaricia tiernamente el pelo y esta conducta me relaja y libera.
Intercambiamos puntos de vista y lo comparamos con lo que hemos sentido por otras personas. Estamos a gusto los dos juntos, compartimos modos de vida semejantes y filosofías parecidas; nos reímos porque me contagias tu risa espontánea; nos aceptamos tal y como somos con nuestros defectos y virtudes, sin reproches; fortalecida con tus palabras en momentos de bajón; destinataria de tus críticas feroces pero sin rozar el trato desagradable y a la vez también de tus elogios (desproporcionados e inmerecidos casi siempre) … porque las personas también necesitamos saber de vez en cuando que hacemos algo bien (porque dado mi carácter dubitativo hay días en los que te planteas que la mejor manera de no hacer daño y herir sensibilidades es la soledad. Entonces, vuelves a sentir ganas de huir lejos, para iniciar una nueva vida). Entre nosotros ha habido siempre confianza y familiaridad; respeto; tranquilidad y ausencia de malos entendidos; nos hemos aconsejado como esta noche, tú aportas tu opinión ajena en mis cosas y yo lo hago en las tuyas; hemos tenido sexo cuando nos ha apetecido … contigo, siempre, será hacer el amor, nunca follar!. Lo sabes, verdad?. Eres inteligente, generoso, tierno, simpático, sensible, buena gente, amable, sincero, atractivo, con talento,
Pero …. falta la pasión, el escalofrío que te recorre el cuerpo cuando te acercas a la persona que amas; que tu nombre aparezca en mi cabeza cada mañana al despertarme; no siento la necesidad de llamarte varias veces al día; ni pronuncio inconscientemente tu nombre; no me siento extrañamente feliz a tu lado cuando estamos juntos; puedes tocarme sin erizar mi piel; abrazarme sin excitarme; no voy ausente por la calle pensando en detalles para sorprendente y con una sonrisa prendida en mi boca; falta la admiración; no me siento hipnotizada cuando hablas; ha habido buenos momentos entre nosotros pero ninguno que al recordarlo nos emocione o despierte algo más que media sonrisa; porque nunca te he contado mis problemas mientras acaricias mi pelo tumbada en el sofá; no he compartido tardes en el césped del parque al sol con la sensación que es el viaje más exótico que se puede hacer; porque no has quedado conmigo en un bar y hemos jugado a seducirnos como dos desconocidos terminando en el baño; porque nunca he sentido una pasión incontrolable de arrancarte la ropa y dejarte sólo con el olor a tu colonia …
Los dos convenimos que porque falta todo esto y muchas cosas más, no nos hemos enamorado.
Me deja en casa y nos da tiempo a renovar nuestra promesa de llamarnos o escribirnos, pero aceptamos no tener en cuenta romper este pacto por alguna de las dos partes. Como ambos sabemos que quizá sea lo que suceda le deseo mucha suerte si decide irse e, inconscientemente, como en otro momento reciente le beso en la mejilla para besarle en los labios después, antes de pasar a la otra mejilla. Me quedo paralizada, …¿he vuelto a cometer otra imprudencia? … Otra vez improvisación… ¡Insensata, idiota, torpe! ¿Por qué estropeas todo?. Últimamente apuesto demasiado y siempre pierdo. Acerca mi cabeza con su mano y nos volvemos a besar. “¡Gracias!” acierto a decirle. Sonríes y omites pronunciar en alto:
Me bajo del coche y cierro la puerta. Subo a casa, apenas 40 escalones. ¿Será verdad lo que dice una amiga que ahí fuera siempre hay alguien que cree que tú eres especial?. Yo tengo mis dudas de que pueda encontrar a una persona con quien compartir mi vida. No lo sé, pero ha sido una noche muy especial.
¡¡¡¡¡¡GRACIAS!!!!!!!
2 comentarios:
No pensé k te atreverías a escribirlo!! joder k ... Has cambiado, ya lo creo!!! aunque sigues teniendo un punto de locura delicioso. Yo también lo pasé genial.
Recuerda: "El amor hace pasar el tiempo; el tiempo hace pasar el amor."
Hasta que nos volvamos a ver, más besos.
Volvería a tocar todos los porteros de tu casa hasta k algún vecino me abriera y volvería a presentarme con pizza y cervezas en la escalera esperando a k llegaras.
Sigue echando cemento a tus miedos, te sienta muy bien y estás más guapa!!(escribo xq sé k te jode, ver estos comentarios en público y te pones colorada, jejeje)
Y no se te ocurra borrarlo que amenazo con presentarme a media noche y tocar a tu puerta!
Yo
Publicar un comentario